El futuro como un imposible

“Futuro”. “Progreso”. “Cambio”.

Sustantivos que alguna vez estuvieron cargados de dirección y deseo político concreto. Hoy parecen haber perdido su carga simbólica y su potencial revolucionario: han mutado en aspiraciones inermes, depositadas sobre el universo conceptual del paisaje público como meras entradas en el diccionario, despojadas de toda vocación realmente humana.

No es apatía ni inmovilismo: es una imposibilidad. El lenguaje continúa transformándose, pero el tiempo —como experiencia colectiva compartida— parece haber caído en un impasse.

Sin embargo, señalar el porvenir como un imposible, como un lugar inimaginable por su casi inviabilidad, no pretende decretar el fin del futuro. Por el contrario, ubica la frase en un lugar intencionalmente incómodo: una hipótesis a ser rebatida sin ambigüedades. Ese es el propósito único que se busca: derribar, de una vez, la noción de un futuro inamovible, signado por la desesperanza. Quizá solo a través de la paradoja —del psicologismo incluso— pueda exigirse profundidad en la crítica.

En síntesis, el futuro parece haber dejado de operar como promesa. Ya no organiza ni jerarquiza el deseo. Se enumera, se celebra, se transcribe, y aun así resuena como un golpe seco, como eco vacío, como gesto ritual que no moviliza. Algo se ha quebrado: el futuro ya no se imagina; apenas se declama con solemnidad impostada.

En otras palabras, formular como disparador la potencial inexistencia de un futuro humanamente deseable no busca clausurar un anhelo, sino inclinar la balanza precisamente en la dirección contraria: pensar un porvenir se vuelve tan urgente como necesario. Incluso bajo las más poderosas presiones reaccionarias, no debemos permitir que quienes comandan nuestros destinos impongan su agenda de anomia y descomposición social, ni que nos arrastren —sin pausa— hacia el abismo.

No es deseable —para variar— que la disputa por el lenguaje sea la única herramienta de que disponemos. Por el contrario, urge señalar que no es el lenguaje el que construye sentido, sino la propia realidad la que otorga contenido a las palabras.

El contenido, reflejo en papel de una materialidad existente, se insinúa primero en vocablos hilados por la gramática fina; luego, las palabras concretas comienzan a designar lo que antes era apenas intuido, pregramatical.
Resulta, por lo tanto, paradójico que aquí nos propongamos recuperar el lenguaje como herramienta política. Pero no lo hacemos para reafirmar su primacía, sino para cuestionar su centralidad simbólica y devolver el foco a las condiciones materiales. En efecto, el fetichismo del lenguaje no construye: vacía. Vacía de contenido las experiencias realmente existentes.

¿Es posible, en definitiva, dotar nuevamente de sentido a las palabras desde la experiencia y la interacción humana, es decir, desde la materialidad? Esta pregunta abre otra, no menos estimulante: ¿qué implicaría recuperar una imaginación política del futuro? Pareciera que el sentido no nace del lenguaje, sino de la experiencia encarnada.

La respuesta —o las respuestas— no parecen contradecir nuestra hipótesis: recuperar el deseo de futuro solo será posible si nos adentramos en la ardua tarea de disputar el lenguaje para nominar, enumerar y clasificar lo que vendrá con vocación, pero no sin antes transformar la materialidad.

Las palabras nos han sido ilegítimamente arrebatadas. Es momento de reclamar lo que nos pertenece —no como anhelo etimológico, sino como acto de restitución: para que las palabras vuelvan a parecerse a las cosas, y las cosas, al fin, puedan también parecerse a las palabras.

Andrés Obal, para Materia y Verbo


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De Andres Obal

Historiador de profesión, lector contumaz, poeta inexperto y —sobre todo— un amante de las palabras. Escribo para entender —y entenderme—, para desarmar lo que parece obvio y para nombrar con precisión lo que a menudo se presenta como difuso y esquivo. Materia y Verbo es un espacio de pensamiento: una bitácora ensayística donde el lenguaje, la política y el malestar contemporáneo se encuentran sin urgencia, pero con intención.

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