
“El totalitarismo moderno no comienza con el Estado fuerte, sino con el vaciamiento del lenguaje político”
- Giorgio Agamben
Una denominación implica una estrategia. Elegir un nombre no es un acto inocente: es una forma de interpretación y, por tanto, también una toma de posición. Si nos encontramos ante un fenómeno que presenta ciertos rasgos, la palabra que elijamos para nombrarlo condicionará inevitablemente nuestra comprensión de este y, con ella, también nuestra reacción. Las palabras no solo nombran: trazan mapas. Organizan el pensamiento, orientan la acción y prefiguran las respuestas posibles.
Las proyecciones históricas —esas operaciones por las cuales se intenta leer el presente como repetición cíclica del pasado— conllevan riesgos que no deben ser soslayados. La historia no se repite: jamás. Lo que vemos son resonancias, experiencias sedimentadas, saberes construidos a lo largo del tiempo. Pero imaginar que los ciclos históricos se repiten como calcos es un error: cada momento es novedad, una construcción sobre rieles heredados, pero nunca iguales.
El problema es que hemos empezado a nombrar no para comprender, sino para exorcizar. Las etiquetas funcionan, muchas veces, como gestos de impugnación moral más que como intentos de interpretación rigurosa. Llamar fascismo a cualquier fenómeno que nos disgusta no solo es un empobrecimiento conceptual, sino un equívoco que desactiva el pensamiento. El fascismo fue —y sigue siendo— un objeto de estudio de enorme complejidad histórica, política y cultural. Usar ese nombre sin intentar comprender su espesor, sus matices y sus condicionantes específicos es traicionar la precisión que el pensamiento requiere.
Si todo es fascismo, nada lo es. Y lo mismo vale para el comunismo.
Los términos históricos deben servir para complejizar, no para reducir. Convertirlos en insultos de uso diario equivale a declarar la inhumanidad esencial del otro, su ilegitimidad radical. Pero los fascismos realmente existentes —como también los comunismos— no fueron monstruos caídos del cielo. Fueron expresiones profundamente humanas, nacidas de contextos sociales concretos, con causas, seducciones y consecuencias reales.
La simplificación extrema, la caricaturización del adversario, es quizá una fuga hacia adelante: una forma de escapar del contacto con la realidad. En tiempos dominados por la tiranía del algoritmo, la superficialidad se impone como norma. Se consolida así un mundo de opuestos sin matices, de antípodas irreconciliables, donde todo punto medio es sospechoso y toda ambigüedad, traición. Pero esta operación no es inocente: detrás de la reducción binaria se esconde un engaño calculado, un intento de cohesión artificial frente a un enemigo externo al que se le han delineado rasgos claros, innegociables, casi mitológicos.
En síntesis, el aspecto quizá más pernicioso del uso arrebatado y temerario de la terminología política no es la denuncia en sí del fenómeno que se combate, sino el intento de aglutinar sin autocrítica. Bajo el paraguas del antifascismo se agrupan corrientes que poco o nada comparten entre sí, salvo su deseo de diferenciarse del enemigo absoluto. Se busca, en definitiva, una forma de absolución simbólica. La amenaza del fascismo —real o inflada— se convierte entonces en una cortina de humo perfecta: lava culpas, diluye contradicciones y permite presentarse como justo sin necesidad de rendir cuentas.
Por fuera de la cuestión etimológica, se impone también la necesidad de ahondar en las verdaderas características de los fenómenos. Muchas de las aproximaciones fragmentarias que buscan el origen del fascismo en la psicología de masas, en el apego a figuras autoritarias o en las mentalidades individuales de hombres y mujeres de época, tienden a omitir los condicionantes históricos, sociales y materiales que posibilitaron su emergencia. Para nombrar adecuadamente los fenómenos del presente —y recordemos que nombrar es siempre un acto de voluntad estratégica—, es imprescindible elegir con el mismo cuidado cómo nombramos al pasado.
Por ejemplo, la búsqueda de la raíz del fascismo en lo que Erich Fromm llama la apelación a “los sentimientos más profundos de inseguridad del hombre moderno” puede ser muy útil, siempre que se la inserte en una mirada más amplia, donde las causas estructurales del fenómeno no se pierdan de vista. Porque la palabra que usamos para hablar del ayer inevitablemente modela lo que entendemos hoy. Como afirma Walter Benjamin en sus Tesis sobre la filosofía de la historia, “detrás de cada ascenso del fascismo se encuentra un movimiento revolucionario fracasado”.
El título que hemos elegido no pretende afirmar que el lenguaje del siglo XX esté muerto o agotado, sino señalar que su resignificación exige un abordaje cuidadoso. No se trata de obliterar ese pasado ni de eliminar su peso, sino de tejer con él —con sus conceptos, sus advertencias y sus matices— un marco que nos permita nombrar con precisión el presente.
El desafío no es descartar las palabras heredadas, sino hacerlas operar como instrumentos tácticos, no como reliquias. Porque en toda nominación hay agencia, y la agencia tiene impacto directo: en cómo pensamos, en cómo actuamos, y en qué horizontes de sentido decidimos sostener o derribar.
De no hacerlo, corremos el riesgo de que las estrategias que nos demos nos conduzcan al fracaso. O peor aún: que cualquiera pueda engañarnos con la quimera de un monstruo a derrotar, con una mitología política que, más que nombrar, encubre.
El lenguaje del siglo XX no está muerto. Simplemente, lo estamos usando mal. El problema no es el pasado. Somos nosotros.
Andrés Obal, para Materia y Verbo
*Este texto recoge ideas inspiradas en parte por la intervención de Eduardo Sartelli en su charla “Todo sobre el fascismo”, disponible en Youtube-Vía Socialista
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