La nostalgia como estrategia política

En un presente cada vez más convulsionado, la frase “Todo tiempo pasado fue mejor” se convierte en una tentación recurrente para líderes mesiánicos. Apelan a los instintos más bajos de masas vulnerables, aisladas y desconectadas de un anhelo fundamental: la posibilidad real de un futuro.

Por primera vez desde 1945, el orden mundial establecido amenaza con desintegrarse por completo, arrastrando consigo acuerdos, instituciones y certezas que, hasta hace no mucho, parecían firmes e invulnerables.

Luego de la barbarie conjunta de las dos guerras mundiales, la humanidad pareció haber arribado a conclusiones inmutables: la defensa irrestricta de los derechos humanos, un equilibrio internacional sostenido por los acuerdos forzados del posconflicto, y la consolidación de estados de bienestar a lo largo y ancho del globo —especialmente en el Viejo Continente. No se puede soslayar un dato clave: el espejo (¿aterrador?) de la revolución soviética actuó, durante décadas, como un antídoto estructural frente a la injusticia social desbocada.

En síntesis, las décadas que van de 1945 hasta 1989 parecen signadas por un doble “fin de la historia”: el primero, como resultado de la total deshumanización —¿o acaso deberíamos decir humanización, siguiendo a Fanon?— provocada por el horror industrializado de Auschwitz, que pareció despertar una luminosa epifanía compasiva; el segundo, con la desaparición de la Unión Soviética: acontecimiento que alimentó el deseo, tan inconfesable como persistente, de un mundo sin conflicto social, sin antagonismos visibles, sin tensión política real.

Y fueron estos mismos soñadores irredentos quienes, pocos años después, construyeron —no sin cierta pericia— los dispositivos intelectuales del nuevo relato teleológico: una narrativa que hallaba su muro final, el cese definitivo de toda disputa, ya no en la superación de la lucha de clases, sino en la clausura totalizante de cualquier análisis crítico sobre un pasado que amenazaba con resurgir, esta vez de nuevo —cuando no— como tragedia.

Dicho esto, vamos al presente más inmediato: la nostalgia aparece aquí no como una emoción frívola, sino como una tecnología afectiva de altísima eficacia política. Su fuerza reside, justamente, no en lo que recuerda, sino en lo que elige —deliberadamente— olvidar.

La apelación a un pasado inmejorable opera como un bálsamo sofisticado frente a las tribulaciones de una humanidad atravesada por la crisis climática, el crecimiento obsceno de la fortuna de tecnócratas infiltrados en las estructuras estatales, la degradación sostenida del poder adquisitivo de las grandes masas populares, la crisis migratoria y habitacional, y una desesperanza creciente frente a un futuro inmediato que se insinúa apocalíptico.

Ese pasado idealizado, entonces, no es refugio: es engaño. Un montaje emotivo que distorsiona la historia para silenciar el presente.

El mayor peligro de esta idealización intencionada reside no en su falsedad, sino en sus implicaciones políticas inmediatas: la tentadora invitación a no complejizar el pasado, a obturar la discusión sobre matices históricos, a simplificar el relato en una lectura obtusa y maniquea. Se trata, simple y llanamente, de una farsa montada sobre arquetipos equívocos y engañosos. El miedo al futuro se traduce entonces en deseo de retorno; el orden nostálgico no avizora soluciones, sino regresos irreflexivos: a un orden sin preguntas, a una comunidad sin fracturas, en definitiva, a una nación sin forma.

El pasado, por tanto, no es refugio: es deseo sin término, ni siquiera es destino. La condición caleidoscópica —multiforme, poliédrica, huidiza— del presente exige esfuerzos más sofisticados: un regreso a un pasado que se supone uniforme, despojado de conflictividad, puro y dotado de identidad se construye solamente a costa de dilapidar la complejidad y la libertad. Recordar no puede nunca ser un gesto de anestesia, sino un acto de lucidez. Solo con esta predisposición puede, quizá, evitarse que la farsa se repita —cuando no— como tragedia.

Andrés Obal, para Materia y Verbo


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De Andres Obal

Historiador de profesión, lector contumaz, poeta inexperto y —sobre todo— un amante de las palabras. Escribo para entender —y entenderme—, para desarmar lo que parece obvio y para nombrar con precisión lo que a menudo se presenta como difuso y esquivo. Materia y Verbo es un espacio de pensamiento: una bitácora ensayística donde el lenguaje, la política y el malestar contemporáneo se encuentran sin urgencia, pero con intención.

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