
El sol escupe su lenguaje diario,
y en su reino diáfano
la vigilia de pasos informes
aturde las aceras.
***
Los relojes desgarran vientres,
los viaductos obligan al paso
abigarrado y caliente
de la multitud sin forma.
***
Se aprietan los cuerpos,
de los estómagos brotan cristales,
y se eleva hasta el pecho el filo rugoso
de un día sin nombre.
***
Todo es blanco y lateral,
una ceguera sin cuerpo,
un canto sin voz.
***
Y en la misma grieta dorada,
tan redonda y opresiva,
aguarda un canto lunar,
una queja naciente.
***
La blanquecina arena
ciega las voces desafinadas,
cubre los rostros sin voz,
y con el susurro de las copas,
en armonía y con golpes secos,
un velo ciego extiende su sombra.
***
Y en la íntima estela roja
se adivina un ocaso sereno.
Desciende la luz,
desciende la tarde,
emerge la noche,
la paz.
***
Andrés Obal
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