
El cuidado del lenguaje, la estrategia discursiva pura, parecía —hasta hace poco— un paradigma solvente, sin necesidad de revisión, al menos en el terreno de las campañas publicitarias. Se suponía que la ciudadanía valoraba en sus líderes políticos la mesura, la capacidad de controlar impulsos y la construcción de narrativas que distinguieran con claridad lo público de lo privado. Es decir, no se juzgaban como apropiados el desboque, la hipérbole o la extralimitación.
La voz privada, íntima, no se reconocía en la pública, compartida. Se esperaba que un líder fuese capaz de mostrarse ecuánime y sereno, aun cuando en su esfera personal no lo fuera. Aun cuando fuera —como tantas veces— un secreto a voces que esa unidad entre ambos discursos no existía.
Había, por tanto, una diferenciación notable entre la persona y el personaje. Pero ese esquema ha mutado, y todo el edificio de la corrección política parece haberse trastocado: ahora, la voz expuesta recibe mayor valoración si transmite autenticidad y transparencia, aun cuando estas sean —precisamente por eso— la correa de transmisión del enojo y el hastío.
En efecto, esta autenticidad no apela necesariamente a la verdad, sino a la identificación emocional con el malestar colectivo.
En otras palabras: los líderes “coacheados” son derrotados ampliamente por aquellas voces públicas que hacen del extremo, de la incontinencia y de la verborragia su método publicitario.
El pasaje del mundo de los cuerdos – ¿cuerdos, de verdad? – al de los auténticos y transparentes ha legitimado una forma discursiva en la que la sinceridad aparente opera como camuflaje: aun cuando esa transparencia venga cargada de falsedades, se impone como verdad emocional, capaz de construir una imagen del otro teñida de odio y simplificación brutal.
La transparencia, en definitiva, puede ser un vehículo eficaz para la mentira. En síntesis, la honestidad brutal es más brutal que honesta.
¿Queremos decir con esto que los mesurados y ecuánimes son portadores de la virtud ética y la dignidad pública? De ninguna manera. Más bien todo lo contrario: son, en parte, responsables directos del fenómeno. Cargan con la infame responsabilidad de haber contribuido a una asociación —legítima, hay que decirlo— entre corrección política y mentira.
Los nuevos personajes han venido a legitimar la necesidad de ruptura: de lo establecido, de lo deseable, de lo correcto. Una verdad a medias, sí, pero también un deseo potente, cargado de futuro: la pulsión de “romperlo todo” como si fuera condición indispensable para empezar de nuevo, para quemar los barcos del pasado y clausurar cualquier vía de regreso.
Se consolida, así, una identificación directamente proporcional entre destrucción y promesa: cuanto mayor la ruptura, más irresistible parece el porvenir que la justifica. Esa es la lógica intrínseca que esconden estos presupuestos.
Se apela, también, al cortoplacismo más rampante: como lo reciente ha dado muestras de agotamiento, se vuelve indispensable no solo detestar el pasado inmediato, sino rechazar —en bloque— todo el pasado, y también el presente. Nada merece rescate. Todo debe ser demolido.
Una afirmación que podría parecer válida, legítima y hasta potente, si no fuera porque anida en ella no una conclusión progresiva y revolucionaria, sino un desesperado y melancólico deseo de regreso. De reacción.
Y lo más preocupante: son las potenciales —y reales— víctimas de estas diatribas quienes, en un arrebato de inconsciencia autodestructiva, constituyen su sostén insustituible. Su condición de posibilidad.
Basta ver cómo parte de la población latina y afroamericana en Estados Unidos apoya y sostiene a Donald Trump, a pesar de su explícita intención de perjudicarlos en grado máximo; o cómo las masas pauperizadas argentinas —junto a otros sectores sociales, por supuesto— votan a Javier Milei, incluso cuando resulta evidente que sus políticas, a corto o mediano plazo, supondrán una regresión palpable en sus condiciones materiales de existencia.
¿Qué hacemos, entonces, con ese deseo de ruptura? ¿Lo deslegitimamos, lo ridiculizamos? Otra actitud parece imponerse: lejos del esnobismo político, necesitamos validar esa pulsión revolucionaria —pero orientarla hacia una dirección posible, creativa, emancipadora.
No se trata de restituir el pasado que fracasó, ni de seguir creyendo en palabras huecas, cargadas apenas de resentimiento emocional. Se trata de dotar al deseo de un rumbo: que deje de ser explosión estéril para convertirse en proyecto con vocación de futuro. La potencia del deseo, entonces, puede canalizarse como combustible histórico: puede pasar de reacción a agencia colectiva, de resentimiento a solidaridad, de espejismo a existencia.
Andrés Obal, para Materia y Verbo
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