Un obituario incómodo: Francisco

Ni santo, ni hereje: un dilema

Como persona profundamente laica y anticlerical, jamás pensé que la muerte de un Papa podría tener, en mi fuero íntimo, un impacto significativo. ¿Será por la condición de compatriota que asiste a su muerte desde otras orillas continentales, lejos de la casa común pero tan cerca del epicentro vicarial? Tampoco lo creo. Han muerto, por supuesto, muchos otros compatriotas a lo largo de mi vida adulta —en lo que podría llamar mi vida histórica— y sus muertes me han afectado en grados diversos: algunos me arrancaron una lágrima sentida, otros apenas sirvieron como advertencia amarga sobre la brevedad y la fragilidad de la vida. La muerte de los otros, creo, es un recordatorio periódico y persistente de la muerte propia.

Pero la muerte de un argentino con una relevancia tan trascendental, con una proyección global tan inédita, seguramente contribuyó a despertar ese sentimiento tan inconfesable de orgullo patriótico. La ambivalencia y la incomodidad parecen ser dobles: por un lado, el pesar frente a una muerte que uno hubiese preferido no lamentar; por el otro, una igualmente confusa inmodestia nacionalista. Como si todos los connacionales fuéramos, por traslación espontánea, portadores automáticos de las virtudes de los mejores hombres de nuestra patria.

Pero la muerte de Francisco me produjo, en primer lugar, sorpresa. Sorpresa porque el anciano vicario de Dios parecía haberle escapado una vez más a las garras de la parca. Día a día, se lo veía en lenta pero constante recuperación tras más de un mes de internación. Apenas unas horas antes de su final, cumplía con sus tareas cotidianas sin mayores complicaciones que las propias de su edad. Nada hacía prever, al menos desde afuera, que el desenlace fuera inminente.

Inesperada o no, la muerte llegó. Y sería ocioso detallar su impacto global: homenajes, elegías, obituarios, tributos interminables. Su figura, indudablemente, había alcanzado una trascendencia monumental.

Sin embargo, y más allá de la sorpresa, lo que me produjo verdadera incomodidad y desconcierto fueron las sensaciones de ambivalencia al pensar en su figura: no era rechazo, tampoco adhesión; no era, evidentemente, desprecio, pero tampoco veneración.

Era una sensación más esquiva, inclasificable: como si por momentos me viera tentado a aplaudirlo, a reconocerle un lugar legítimo en la genealogía de los hombres probos, acaso incluso entre los próceres. Pero, por otro lado, mi pulsión izquierdista se inclinaba a rechazarlo de plano, sin matices, condenando no solo a la institución que encabezaba, sino también a su propia figura. Es el dilema eterno de las personas y las sociedades, del átomo y el universo: hay individuos que, por ser cristalización y punto de confluencia de relaciones sociales diversas, se convierten en agentes históricos de primer orden.

Francisco, en sí mismo, es un símbolo ambivalente: para la izquierda, un espejo incómodo; para la derecha, un ser execrable. En suma, provoca una constelación de emociones dispares en quienes nos formamos alejados —o incluso a pesar— del catolicismo. El problema es que no era el enemigo clásico, vertical, de otros tiempos. Pero tampoco era un revolucionario. Fue, más bien, una figura inasible, incómoda, inclasificable. Por momentos, decía cosas que también nosotros pensábamos. No atenuó ni por asomo mi anticlericalismo, pero cierta congoja parecía convertirse en indulgencia.  

¿Era posible, entonces, contemplarlo con las lentes de otras épocas? Blanco o negro, claro u oscuro. En esa imposibilidad de responder irreflexivamente es donde radica el incómodo dilema: no habilita una condena automática, no permite el juicio inmediato. No muestra los rasgos que harían esa tarea fácil. No concita repudios ni adhesiones como acto reflejo. Y eso —precisamente eso— lo vuelve singular.

Lo más desafiante, al final de todo, es separar a la persona del personaje. Francisco parecía —o al menos se mostraba— como un hombre cálido, comprensivo, simpático, incluso entrañable. Pero la institución de la que era cabeza encarna un legado mucho más opaco, cargado de silencios, de jerarquías, de poder sagrado y terrenal. ¿Son, entonces, esferas separables? ¿O se trata, en definitiva, de dos caras de una misma moneda, imposible de dividir sin romperla? ¿Puede, acaso, una figura humana redimir y exculpar a una estructura de poder, o es apenas un barniz, una forma de maquillaje?

Me inclino a pensar que lo segundo es lo correcto. Casi siempre que me he detenido a pensar en esta tensión imposible, he llegado a la conclusión de que la unidad entre individuo e institución es indisoluble.

Pero con Francisco, esa certeza —aunque persiste— se matiza.

Andrés Obal, para Materia y Verbo


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De Andres Obal

Historiador de profesión, lector contumaz, poeta inexperto y —sobre todo— un amante de las palabras. Escribo para entender —y entenderme—, para desarmar lo que parece obvio y para nombrar con precisión lo que a menudo se presenta como difuso y esquivo. Materia y Verbo es un espacio de pensamiento: una bitácora ensayística donde el lenguaje, la política y el malestar contemporáneo se encuentran sin urgencia, pero con intención.

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