Lo queer no es el problema

Una revolución necesaria

29 de mayo de 2014. La actriz Laverne Cox aparece en la portada de la revista Time, acompañada de un subtítulo elocuente: The Transgender Tipping Point (El punto de inflexión transgénero). Este acontecimiento se convirtió en un hito simbólico para la difusión y el alcance masivo de la cuestión trans a nivel internacional. Por primera vez —posiblemente en toda la historia mediática— una mujer transgénero alcanzaba visibilidad en el centro mismo del espectáculo global.

En paralelo, Amazon Prime estrenaba la serie Transparent, cuyo argumento giraba en torno a la transición de género de un profesor universitario en edad madura. Por primera vez, las personas trans dejaban de ser retratadas como marginales o patológicas y pasaban a ocupar el centro narrativo de la cultura popular contemporánea. Ambos sucesos dejaron en claro que el binarismo tradicional —incluso dentro de la propia comunidad gay y lésbica— entraba en una crisis definitiva, como si en efecto el propio espejo normativo empezara, desde sus entrañas, a resquebrajarse.

El movimiento queer comenzaba una rápida transición desde los márgenes hacia el centro. En sentido estricto, este movimiento tiene raíces anteriores, como parte de la potente resistencia LGTB+, con figuras como Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera al frente. El punto de inflexión político lo representó la noche del 28 de junio de 1969, cuando una brutal redada policial en el bar Stonewall Inn no encontró sumisión ni huida. Ahí nació algo más que un grito: nació un cuerpo colectivo.

Dos décadas más tarde, en 1990, la académica Teresa de Lauretis acuña el término queer theory, marcando el inicio de una nueva corriente crítica que iría más allá de la identidad como categoría fija. Poco después, Judith Butler publica El género en disputa, una obra que reconfigura radicalmente las nociones de género, cuerpo y poder. Mientras tanto, el impacto devastador del VIH/SIDA y la homofobia institucionalizada en las décadas de 1980 y 1990 avivan la militancia global de las comunidades gay y lésbica, multiplicando sus formas de organización, protesta y visibilidad.

Pero esa visibilidad conquistada con lucha y coraje no tardó en volverse blanco de una reacción sistemática. Lo que alguna vez fue profundamente progresivo es hoy retratado como amenaza o dogma. En un viraje inquietante —y peligroso—, lo que ayer exigía tolerancia hoy es acusado de autoritarismo cultural. Y lo más oscurantista: detrás del rechazo a lo queer se esconde, casi siempre, un ataque amplio y no tan velado a las minorías sexuales en su conjunto.

Vale entonces preguntarse, con lucidez y sin pretensión acusatoria, si algo de la exacerbación identitaria pudo también haber contribuido —aunque sea parcialmente— a este clima de reacción. No para repartir culpas, sino para trazar una lectura crítica que nos permita, quizá, vislumbrar en este desencuentro una promesa futura.

Lo queer bajo la lupa

Lo que comenzó siendo una forma de disidencia radical frente a la dualidad esencialista del sistema sexo-género fue velozmente capturada por la lógica del capital y del reconocimiento institucional. A medida que el discurso queer ganaba terreno en universidades, medios y plataformas digitales, fue adoptando una nueva gramática: ya no insurgente, sino normativa. La revuelta se volvió consigna; la diferencia, marca registrada.

En este nuevo escenario, la performatividad dejó de ser una herramienta crítica para transformarse en dogma. El viejo binarismo fue reemplazado no por su superación, sino por una proliferación compulsiva de identidades, cada una con su gramática particular, su sensibilidad específica y su frontera de lo admisible. Las políticas de identidad, en lugar de abrir el terreno de juego, comenzaron a limitarlo y clausurarlo.

Fue entonces cuando se desató una deriva paranoide, encarnada en una forma de corrección política exaltada. Casi con seguridad nacida genuinamente del deseo de justicia y reparación, esta desviación activó verdaderas cazas de brujas simbólicas. Las redes sociales, con su lógica inquisitorial, se convirtieron en tribunales públicos. La diferencia entre violencia estructural y duda se desdibujó: una palabra mal dicha, un pronombre omitido, una vacilación teórica bastaban para la lapidación y la anulación pública. No importaban el contexto ni la trayectoria: un solo tropiezo bastaba para caer en el ostracismo.

Lo queer, que nació para incomodar a la norma, terminó convertido en nueva norma moral, cargada de vigilancia performativa. La sospecha constante reemplazó al diálogo. En lugar de sumar agencia a la lucha, comenzaron a trazarse líneas de exclusión internas: quién está suficientemente deconstruido, quién tiene derecho a hablar, quién merece ser escuchado. La radicalidad se volvió forma, no fondo.

Y el problema central de la identidad no radica en su búsqueda de inclusión —eso está claro—, sino en la fragmentación que produce. Diluye el verdadero componente aglutinante que une a la mayoría de las identidades: la explotación. Caer en el solipsismo identitario no solo aísla, sino que impide construir lo común. Relegar a un lugar secundario ese principio unificador de las relaciones sociales —la lucha contra la explotación— termina por esterilizar cualquier horizonte transformador

Y, sin embargo, hoy no es momento de ensañarse con lo queer. No porque sus límites no merezcan crítica, sino porque su existencia está siendo atacada por fuerzas que no buscan matizarla, sino borrarla. Frente al embate reaccionario, no se trata de renunciar a su examen minucioso, sino de postergarlo a favor de una solidaridad activa. Defender las disidencias no equivale a ceder al dogma identitario: es impedir que la furia restauradora avance sin resistencia. Porque a veces defender no es aplaudir. Es acompañar y sostener con firmeza, para impedir que arda lo que aún no se ha terminado de construir.

La identidad y la reacción

Mal que le pese, la derecha también abreva en tradiciones intelectuales que hacen de la identidad su eje central. Y con este nuevo clima de época —signado por el exceso de performatividad y la vigilancia moral— se abrió una grieta que la reacción no tardó en explotar con inteligencia macabra. Con una mezcla de oportunismo y cinismo, comenzaron a circular relatos espurios que convertían la excepción en regla: adolescentes “obligados” a transicionar por presión social, hombres “oportunistas” que cambian de género para competir en el deporte femenino o acceder a cárceles de mujeres. Estas narrativas —presentadas como escándalos reveladores— no son otra cosa que infamias organizadas, cuya astucia radica en el cálculo preciso del daño. No representan la realidad de la mayoría de las personas trans ni de las políticas públicas que buscan acompañarlas. Su función no es describir el mundo, sino desacreditarlo: sembrar sospecha sobre toda la comunidad LGTB+.

En este marco, ha resurgido también con fuerza un viejo y abyecto cliché: la identificación directa entre disidencia sexual y pedofilia. Esta acusación no solo es ilusoria y perversa, sino que apela al reflejo más visceral de la sociedad —el cuidado de los niños— para justificar discursos de odio, censura y persecución. Es una táctica deliberada: no busca debatir ideas, sino deshumanizar al adversario, convertirlo en amenaza existencial. En enemigo.

Por eso, quienes desde una posición crítica señalan los límites de la hegemonía queer no deben —ni pueden— alinearse con los ataques reaccionarios. Lamentablemente, una parte importante de la izquierda respondió con desmesura, incapaz de comprender esta distinción fundamental. Quien escribe, hay que admitirlo, también cayó por momentos en la trampa de un materialismo de exclusión: sería deshonesto hablar desde el púlpito acusatorio o con pretensiones de superioridad moral o intelectiva. El resultado, deseado o no, fue un coqueteo tal con el discurso de la derecha que, a veces, cuesta distinguirlos.

Cuestionar la institucionalización excesiva de las políticas de identidad no implica negar la violencia que históricamente sufrió —y aún sufre— el colectivo, ni mucho menos alinearse con quienes pretenden borrarlo del espacio público. Por el contrario: se trata de imaginar una política que no se agote en la identidad, que no pierda de vista lo que de verdad debería unirnos —la lucha contra la explotación, la precariedad y la desigualdad estructural—, y que sea capaz de construir alianzas sin renunciar al conflicto social como eje.

Lo urgente, hoy, no es seguir dividiéndonos, sino trazar puentes sin perder lucidez: cuidar las diferencias sin renunciar a la totalidad. Porque en la totalidad se encuentra la agencia histórica; porque en lo verdaderamente común radica la potencia transformadora.

Andrés Obal – Para Materia y Verbo


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De Andres Obal

Historiador de profesión, lector contumaz, poeta inexperto y —sobre todo— un amante de las palabras. Escribo para entender —y entenderme—, para desarmar lo que parece obvio y para nombrar con precisión lo que a menudo se presenta como difuso y esquivo. Materia y Verbo es un espacio de pensamiento: una bitácora ensayística donde el lenguaje, la política y el malestar contemporáneo se encuentran sin urgencia, pero con intención.

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