
Y una grieta donde podría nacer otra
La democracia occidental, tal como la conocemos, parece estar atravesando una crisis sistémica. Cada vez con mayor evidencia, líderes de todo el globo registran este fenómeno no como una amenaza futura o una distopía lejana, sino como una condición actual —y hasta deseable. En sus discursos se insinúa que la democracia es limitada, débil, impotente. Un artefacto vetusto, incapaz de ordenar el caos. Y así, con una soltura que antes escandalizaría, comienzan a fonogear su impugnación.
Basta un breve repaso por algunas declaraciones recientes para advertir cuán profunda es la herida de nuestra amada democracia liberal.
Donald Trump, en un posteo del 15 de febrero pasado en la red social X, escribió sin tapujos: “Quien salva a su país, no viola ninguna ley”.
Javier Milei, interrogado en repetidas ocasiones sobre su vocación democrática, responde sin ambages que “la democracia tiene muchísimos errores…” y cita como referente al infame Hans-Hermann Hoppe, quien afirma sin rubor que “la democracia no tiene nada que ver con la libertad. Es una variante suave del comunismo”.
Elon Musk, eterno candidato a emperador tecnocrático, no se queda atrás: “Si la voluntad del presidente no se implementa, la democracia está bajo amenaza…”.
¿Qué hacer con estas intenciones?
No creemos que la salida esté en sumergirnos en una indignación perpetua ni en defender a ultranza el estado actual de cosas. No porque la democracia nos parezca prescindible, sino porque la democracia —así, en singular, como un ideal absoluto— no existe. Existen democracias. Y esas democracias no flotan en el aire: son hijas de sus condiciones materiales. No hay régimen político que sea independiente de las estructuras sociales y económicas que lo engendran.
Las formas políticas, por más nobles que parezcan, expresan contenidos previos. Si una sociedad está deteriorada, descompuesta, desigual, también lo estarán las formas políticas que esa sociedad produce, sean democráticas o no.
Volviendo a los líderes ultra y su impugnación, hay que reconocer que —en algún punto— tienen razón. Coincidimos con su rechazo a las democracias actuales, aunque nuestras razones sean radicalmente distintas. No vamos a sacralizarlas. Porque estas democracias —la de los pactos entre élites, los jueces con almuerzos reservados, los noticieros a sueldo— no son sagradas. Es más: han generado las condiciones para su propia disolución.
Milei, Trump, Orbán, Musk, Erdoğan… no llegaron desde afuera. No vinieron montados en tanques, no asediaron las instituciones. Salieron de ellas. Son sus criaturas.
Y sin embargo, estas democracias —por oxidadas que estén— no deben ser arrojadas sin más a las fauces del autoritarismo. Frente al abismo, quizá aún merezca la pena preservarlas. No como ídolo. No como destino. Sino como tránsito: un puente hacia algo que aún no ha sido imaginado del todo. Pero no basta con aferrarse a la forma: hay que transformar también su sustancia. De lo contrario, la defensa habrá sido estéril.
El surgimiento de estas impugnaciones, entonces, podría leerse no como el fin de una época sagrada, sino como una grieta fértil. Si el sistema permitió esto, tal vez su talón de Aquiles esté ahí mismo: en su capacidad —errática, involuntaria— de dar a luz lo que no controla.
¿Y si ese agujero por donde irrumpen los monstruos también fuera una matriz para algo distinto? ¿Y si, entre las ruinas, pudiera emerger otro hijo? No uno devorador, resentido, reaccionario. Sino uno revolucionario, lúcido, luminoso.
No todo lo que surge del colapso tiene que ser filofascista. Tal vez, entre los escombros de esta democracia de cartón, se abra una hendija. Y por ahí, en vez de entrar la noche, entre por fin el porvenir.
Milei, Trump, Orbán, Musk, Erdoğan… son hijos no deseados. Oscuros, tenebrosos, crueles. Aparecieron para escarmentar. Para hacer retroceder.
Pero quizás, un día, llegue otro hijo no planificado. No para devorar al padre, sino para superarlo.
Para interrumpir su ciclo.
Para refundarlo desde otra sangre.
Andrés Obal – Para Materia y Verbo
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