El invierno de la filosofía

Los asesinos seriales no habitan solo en Netflix. El horror no se limita al cine slasher ni a las historietas macabras. Hay formas más limpias de sadismo. Algunas se escriben con bibliografía. Se pronuncian en congresos. Se citan como autoridad.

Rothbard, Hayek, Mises, Ayn Rand. ¿Filosofía? No. ¿Teoría económica? Tampoco. Es, sobre todo, un modo de justificar al depredador con el lenguaje de la libertad. Dicen que piensan al ser humano, pero en realidad solamente se piensan a sí mismos. Lo fuerzan a parecerse a lo que ellos desean que sea: un individuo aislado, egoísta por naturaleza, motivado exclusivamente por el lucro y la competencia. No explican la realidad: se la inventan.

Lo más inquietante no es su cinismo, sino su pretensión de universalidad. Nos dicen: “así es el hombre”. Pero en verdad quieren decir: “así somos nosotros, y queremos que todos lo sean”. No quieren ataduras de ningún tipo, no quieren dar explicaciones ante nadie. Creen que todos los impulsos del hombre deben ser permitidos. No debe haber límite: el individuo es el rey, la unidad privilegiada de la vida social, la célula indivisible y autosuficiente más pura. Nada, absolutamente nada, tiene más peso ni más identidad que el individuo. Pero no todos los individuos: solo aquellos que coronan la pirámide alimentaria. Es la tiranía del más fuerte.

El resultado es un modelo donde el tráfico de órganos, el alquiler de vientres o la servidumbre voluntaria pueden ser presentados como expresiones legítimas de libertad contractual. Todo es posible en nombre de la libertad, excepto tocar la propiedad. Detestan al Estado porque es el único que les puede poner límites. Lo convocan y lo aman solo cuando se toca el derecho más fundamental, el más noble, el único que importa: la propiedad.

Lo que otros filósofos pasaron buscando —el sentido, el bien, la verdad, el fundamento, la unidad, la libertad, el ser—, nada de eso importa. Ellos lo resumen todo en unas cuantas recetas cerradas. Creen de verdad que encontraron la quintaesencia del hombre. Creen de verdad que sus conclusiones, sus fórmulas, dan en la tecla. Además de perversos, son haraganes.

Esta filosofía —si merece ese nombre— no piensa para comprender, sino para blindar. No ilumina lo humano, lo congela: es el invierno de la filosofía. Porque enfría.

En la filosofía, como en el clima, atravesamos estaciones. La primavera, cuando Sócrates, Platón y Aristóteles pensaban con asombro, con deseo de bien. Buscaban el orden, la verdad, el alma, sin separarlas de la vida. Luego llegó el verano del idealismo, del humanismo, de la Ilustración: la época de las grandes síntesis, del proyecto común, de la razón como esperanza. El otoño, en cambio, fue tiempo de fractura: Marx, Nietzsche, Freud ofrecían visiones en pugna, pero fértiles en crítica y profundidad. Ahora estamos en invierno. Las ideas se han vuelto sangre fría, hielo, cinismo. Ya no piensan: muerden. Es una filosofía que no busca la verdad, sino atacar al más débil.

Los pares no existen, salvo como ocasión de ganancia. La ternura no cuenta, salvo que cotice. La moral es una molestia, salvo que se vuelva rentable.

Y lo hacen con una seriedad que espanta. Porque, además, sus fórmulas económicas no tienen sustancia: son enredos, ficciones que oscilan entre lo inverosímil y lo risible. La llamada “praxeología” de Mises, por ejemplo, parece extraída de una novela de Lovecraft: conceptos oscuros, axiomas autoproclamados, tautologías. Un sistema que se sostiene solo sobre sí mismo, como un castillo de cartas blindado por la fe. Es el equivalente técnico de un brujo de traje.

Uno los escucha con una mezcla de asombro y pudor ajeno. “¿De verdad dijo esto?”, se pregunta uno. Y no es indignación lo que aparece primero. Es esa mirada que busca a otro con quien compartir una risa discreta. Porque el discurso es tan absurdo, tan evidentemente desconectado de la realidad humana, que el cuerpo reacciona con una mezcla de carcajada contenida y de vergüenza. Es la filosofía del lucro cruzada con el teatro del ridículo. Solo que ellos no lo saben.

No tienen sentido del ridículo. Y tampoco sentido del humor. Porque el lucro no necesita de la risa. Y la risa es compartida, casi siempre. O al menos emerge de la interacción. Es cultural, es histórica. Para ellos, nada de esto existe.

Esa combinación es peligrosa. Porque les impide registrar su propia monstruosidad. Su propuesta ética es la de los villanos de las películas: “el más fuerte debe ganar”, “el débil se lo buscó”, “la libertad es no deberle nada a nadie”. Pero lo dicen con tono doctoral. Como si estuvieran revelando una verdad cósmica, cuando apenas están proyectando sobre el mundo sus propias pulsiones.

Lo que hay en el fondo es una filosofía del sadismo con pretensión de ciencia. Una confesión recubierta de axiomas. No se busca comprender la vida: se busca justificar al que goza con la vida ajena convertida en medio.

Y lo más perturbador es que muchos los celebran. Porque ofrecen algo que, en tiempos de caos, tiene un extraño atractivo: la idea de que no hay que deberle nada a nadie. Que la culpa es un invento. Que el dolor del otro no compromete. Que la supervivencia egoísta no es solo legítima, sino virtuosa. En un mundo sobrecargado de demandas, esa oferta seduce.

Es ahí donde sí debemos mirar. Porque el mundo no es como estos pensadores quieren que sea. Prevalecen la lealtad, la compasión, la solidaridad.

Frente a la filosofía del invierno, no siempre hay que gritar. A veces, basta con reír. Porque nada desarma tanto al sádico como la risa de quienes aún conservan alma.

Andrés Obal – Para Materia y Verbo


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De Andres Obal

Historiador de profesión, lector contumaz, poeta inexperto y —sobre todo— un amante de las palabras. Escribo para entender —y entenderme—, para desarmar lo que parece obvio y para nombrar con precisión lo que a menudo se presenta como difuso y esquivo. Materia y Verbo es un espacio de pensamiento: una bitácora ensayística donde el lenguaje, la política y el malestar contemporáneo se encuentran sin urgencia, pero con intención.

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